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Carlos Jaurena photo

 

El santuario postmoderno de Carlos Jaurena
REALIDADES IMPOSIBLES
Guillermo J. Fadanelli

No hay tiempo para sufrir influencias. El mercado dispone de tal cantidad que éstos se confunden entre sí, son intercambiables, sus obras circulan como datos sensibles, como mercancías incapaces de formar escuelas y de establecer esa influencia tradicional que regularmente causan los artistas sobre las generaciones que les suceden. Hoy en día es más o menos fácil descubrir los productos, las referencias que el artista fue a comprar al supermercado para crear sus propias obras. Cada vez son más difíciles las construcciones originales, generadas no a partir de un cúmulo de referencias previsibles, sino a través de un tratamiento inedito de la materia. Para construir sus obras, Carlos Jaurena se enfrenta a la enorme cantidad de alternativas que el azar le propone, no plantea minuciosamente un proyecto para posteriormente dotarlo de una existencia material sino que, armado de una intuición original, va escogiendo de entre la multitud de objetos que encuentra diariamente, aquellos que por sus caracteristicas puedan hacer realidad su intención primaria: desde retratos impregnados de nostalgia familiar hasta fragmentos de metal o de vidrio. Jaurena organiza estos objetos de un microcosmos donde cada pieza funciona como una alternativa simbólica; en el interior de cada "caja" conviven objetos de las más diversas procedencias, lenguajes fragmentados que, al quedar atrapados dentro de un nuevo sistema de referencias, traicionan su función primordial y significan algo distinto. Sin embargo, y a pesar de la gran diversidad de materiales que Jaurena utiliza para construir sus cajas, prevalece en ellas una inclinación por la ironía y la conjunción absurda de objetos, por el juego indiscriminado de mal ententidos. La familia, las relaciones nupciales, el noviazgo se ven en el interior de una caja como parodias de siginificados formales. Jaurena toma un retrato de bodas, un libro de Lengua Nacional, una bandera y los transforma en objetos liberados de su sentido trascendental y de su condición de simbólos históricos, los utilizas para crear parodía que no pierden del todo su formalidad, simulacros que no especifican su límite con la realidad, juegos donde repentinamente reaparece el sentido dramático: sus cajas en conjunto, forman una especie de santuario de la postmodernidad.

Carlos Jaurena no ha permitido que su obra evolucione mesuradamente. Sin detenerse demasiado tiempo en ella para construir conceptos, ha preferido el camino contrario: el quehacer constante, el trabajo artesanal, la creación cotidiana e incansable de esos objetos que en dos o tres años han llegado a presentarse como alternativas sorpresivas y estimulantes. Sus cajas más simples comenzaron a sufrir metamorfosis invadiendo todos los caminos posibles que les ofrecían las tres dimenciones. Las "cajas", especie de vitrinas de símbolos delirantes, se transformaron en esculturas, en sórdicos androides, en figuras imposibles. El constante hacer llevó a Carlos a darle peso y realidad a aquello que en un principio era el simple esbozo de una intención original.
Ahora Carlos ha construido un espacio amueblado, donde los objetos poseen una lógica excéntrica, ha convertido en esculturas los muebles que se utilizan en la vida cotidiana, los ha sacado de su condicion funcional para llevarlos a un espacio donde la cama o la silla, al abandonar su papel ordinario, sufren una metamorfosis y acaban convertidos en piezas de un complejo artificial, de un juego ambiguo en donde son los materiales, los objetos encontrados al azar, las composiciones a veces frías, a veces delirantes, las que predominan sobre la función tradicional del mobiliario.

Durante los años 60 se produjeron proyectos espaciales que intentaron resguardarse de un mundo apolítico, se intentó crear una especie de habitáculo en el interior del cual fuera posible sobrevivir a las penurias del exterior, un espacio individual en medio de la catástrofe social: muestra de estas utopías del diseño fueron el Hábitat para dos personas en una era de grandes comunicaciones, de Gaetano Pesce o la Casa para ser construida en un entorno urbano difunto, de Shiro Kuramata. Una década más tarde el fundador del grupo Memphis, Ettore Sottsass, manifestaba que el diseño de muebles tendría que crear alternativas dentro de esa gran selva que suponía la cultura industrial y el progreso tecnológico. La butaca de cartón de Frank Ogehry, el sofa de hormigón de Stefan Zwicky o los sillones configurados a partir de sacos de cemento de la artista berlinesa Hildegard Erhard son muestras de esa intención. Estas podrían ser remotas analogías con la habitación que ha creado Carlos Jaurena, sin embargo, su propuesta se encuentra muy alejada de la preocupación funcional, no construye muebles para que puedan usarse (aunque en algunos casos las mesas de centro o el armario serán utilizados como tales), sino que los adapta a un espacio pacientemente elaborado, a un pequeño universo donde impera una lógica distinta, una habitación de símbolos intimistas donde los colores, el tratamiento plástico, la forma de la materia, el azar, la referencia popular se relacionan dando lugar a ese complejo laberinto postmoderno que construye diariamente Carlos Jaurena.

 


  Patricia Mendoza Art Gallery ©